El mago que hace ruiditos
Siempre he querido tener un grupo de música. De pequeño era lo que más deseaba, por encima de profesiones tan estupendas como presentador de televisión, dependienta de una tienda de ropa –tipo Modas Zeknas, que a mí el glamour no me llamaba nada–, profesor o japonés. Con doce o trece años grabé mis primeras cintas, con letras y melodías originales, acompañado de un Casio y una flauta de ésas que hemos usado todos alguna vez en la clase de música del colegio. Los temas eran de un variado que ríase usted del señor Dantés, aunque mi favorita era una muy chula que hablaba de los granos y la comida. Siempre he pensado que, en una canción, el tema sobre el que se canta es lo menos importante del mundo, lo que realmente hay que trabajar es la forma en que se presenta ese tema. Quiero decir que, por ejemplo, no sería la primera vez que intento escribir una canción de la vertiente del jaus/tennojaus con la receta de una tortilla de patatas con cebolla sin que suene a una canción sobre una tortilla de patatas con cebolla.
Con dieciséis años, tras un verano entero ayudando a mi padre, conseguí comprar mi primer teclado. No tenía la menor idea de cómo funcionaba, de hecho sigo pensando que le sobran botones, pero yo me sentía en las nubes y no paraba de inventarme líneas de bajo y pequeñas melodías sobre las que escribir más y más letras. Durante esta época compuse alrededor de 45 canciones, de entre las cuales destacaría «Que no», una canción que terminé grabando con uno de esos trackers que tanto se utilizaban en los noventa. La presenté como banda sonora de un trabajo de clase hace unos años, y aunque nadie me dijo nada, tampoco recibí ningún tomate. Recuerdo también que solía reunirme con un amigo a componer canciones con el Music 2000 de la Playstation, canciones a las que un servidor solía poner letra. Todo eso pasó, comencé la carrera, y la primera canción medianamente seria que grabé se convirtió en un moderado éxito entre mis amigos más cercanos y los que no lo son tanto. La canción se llamaba «Instintos Homicidas», y la grabé con mi amiga Pippin en un arrebato de aquí te pillo, aquí te mato. Mucha sangre y mucha pedrería. A partir de entonces, lo único que recuerdo haber grabado ha sido una especie de parodia, «El Baile del Druida», surgida a partir de equivocaciones durante el rodaje de un cortometraje, y más bandas sonoras para trabajos de todo tipo.
Todo esto viene a cuento de que he perdido cuatro horas de esta tarde programando –con un software que todavía no domino at all– una fastuosa versión de la cabecera de «Dragones y Mazmorras» para una actuación con mis amigas en una especie de reunión friki el jueves de la semana que viene en Lekaroz, Navarra. Fijo que ganamos el festival de Eruvisión. Por cierto, creo que ésta ha sido la primera vez que he hecho referencia a este tipo de cosas. Pues sí, el 10% de mi mente que no anda ocupado con la música y demás manifestaciones culturales más o menos normales, se arrastra por el mundo del cómic, la ciencia ficción, el manganime, la literatura fantástica y todo lo que comúnmente se conoce como subcultura. Como ya me ha dicho alguien medio en broma: «Tú dilo todas las veces que te sea posible, que así además de antinatural te llamarán asesino de la katana y te crearán una leyenda todavía más gorda, anda que no.» ¡Cómo está el mundo!
Con dieciséis años, tras un verano entero ayudando a mi padre, conseguí comprar mi primer teclado. No tenía la menor idea de cómo funcionaba, de hecho sigo pensando que le sobran botones, pero yo me sentía en las nubes y no paraba de inventarme líneas de bajo y pequeñas melodías sobre las que escribir más y más letras. Durante esta época compuse alrededor de 45 canciones, de entre las cuales destacaría «Que no», una canción que terminé grabando con uno de esos trackers que tanto se utilizaban en los noventa. La presenté como banda sonora de un trabajo de clase hace unos años, y aunque nadie me dijo nada, tampoco recibí ningún tomate. Recuerdo también que solía reunirme con un amigo a componer canciones con el Music 2000 de la Playstation, canciones a las que un servidor solía poner letra. Todo eso pasó, comencé la carrera, y la primera canción medianamente seria que grabé se convirtió en un moderado éxito entre mis amigos más cercanos y los que no lo son tanto. La canción se llamaba «Instintos Homicidas», y la grabé con mi amiga Pippin en un arrebato de aquí te pillo, aquí te mato. Mucha sangre y mucha pedrería. A partir de entonces, lo único que recuerdo haber grabado ha sido una especie de parodia, «El Baile del Druida», surgida a partir de equivocaciones durante el rodaje de un cortometraje, y más bandas sonoras para trabajos de todo tipo.
Todo esto viene a cuento de que he perdido cuatro horas de esta tarde programando –con un software que todavía no domino at all– una fastuosa versión de la cabecera de «Dragones y Mazmorras» para una actuación con mis amigas en una especie de reunión friki el jueves de la semana que viene en Lekaroz, Navarra. Fijo que ganamos el festival de Eruvisión. Por cierto, creo que ésta ha sido la primera vez que he hecho referencia a este tipo de cosas. Pues sí, el 10% de mi mente que no anda ocupado con la música y demás manifestaciones culturales más o menos normales, se arrastra por el mundo del cómic, la ciencia ficción, el manganime, la literatura fantástica y todo lo que comúnmente se conoce como subcultura. Como ya me ha dicho alguien medio en broma: «Tú dilo todas las veces que te sea posible, que así además de antinatural te llamarán asesino de la katana y te crearán una leyenda todavía más gorda, anda que no.» ¡Cómo está el mundo!