LIVING IN A MAGAZINE

14 septiembre 2005

El mago que hace ruiditos

Siempre he querido tener un grupo de música. De pequeño era lo que más deseaba, por encima de profesiones tan estupendas como presentador de televisión, dependienta de una tienda de ropa –tipo Modas Zeknas, que a mí el glamour no me llamaba nada–, profesor o japonés. Con doce o trece años grabé mis primeras cintas, con letras y melodías originales, acompañado de un Casio y una flauta de ésas que hemos usado todos alguna vez en la clase de música del colegio. Los temas eran de un variado que ríase usted del señor Dantés, aunque mi favorita era una muy chula que hablaba de los granos y la comida. Siempre he pensado que, en una canción, el tema sobre el que se canta es lo menos importante del mundo, lo que realmente hay que trabajar es la forma en que se presenta ese tema. Quiero decir que, por ejemplo, no sería la primera vez que intento escribir una canción de la vertiente del jaus/tennojaus con la receta de una tortilla de patatas con cebolla sin que suene a una canción sobre una tortilla de patatas con cebolla.

Con dieciséis años, tras un verano entero ayudando a mi padre, conseguí comprar mi primer teclado. No tenía la menor idea de cómo funcionaba, de hecho sigo pensando que le sobran botones, pero yo me sentía en las nubes y no paraba de inventarme líneas de bajo y pequeñas melodías sobre las que escribir más y más letras. Durante esta época compuse alrededor de 45 canciones, de entre las cuales destacaría «Que no», una canción que terminé grabando con uno de esos trackers que tanto se utilizaban en los noventa. La presenté como banda sonora de un trabajo de clase hace unos años, y aunque nadie me dijo nada, tampoco recibí ningún tomate. Recuerdo también que solía reunirme con un amigo a componer canciones con el Music 2000 de la Playstation, canciones a las que un servidor solía poner letra. Todo eso pasó, comencé la carrera, y la primera canción medianamente seria que grabé se convirtió en un moderado éxito entre mis amigos más cercanos y los que no lo son tanto. La canción se llamaba «Instintos Homicidas», y la grabé con mi amiga Pippin en un arrebato de aquí te pillo, aquí te mato. Mucha sangre y mucha pedrería. A partir de entonces, lo único que recuerdo haber grabado ha sido una especie de parodia, «El Baile del Druida», surgida a partir de equivocaciones durante el rodaje de un cortometraje, y más bandas sonoras para trabajos de todo tipo.

Todo esto viene a cuento de que he perdido cuatro horas de esta tarde programando –con un software que todavía no domino at all– una fastuosa versión de la cabecera de «Dragones y Mazmorras» para una actuación con mis amigas en una especie de reunión friki el jueves de la semana que viene en Lekaroz, Navarra. Fijo que ganamos el festival de Eruvisión. Por cierto, creo que ésta ha sido la primera vez que he hecho referencia a este tipo de cosas. Pues sí, el 10% de mi mente que no anda ocupado con la música y demás manifestaciones culturales más o menos normales, se arrastra por el mundo del cómic, la ciencia ficción, el manganime, la literatura fantástica y todo lo que comúnmente se conoce como subcultura. Como ya me ha dicho alguien medio en broma: «Tú dilo todas las veces que te sea posible, que así además de antinatural te llamarán asesino de la katana y te crearán una leyenda todavía más gorda, anda que no.» ¡Cómo está el mundo!

12 septiembre 2005

La rentreé

¡Vergüenza de mis hijos, cuánto tiempo sin actualizar! Entre unas cosas y otras –véase trabajo, viajes, médicos, ideas y ocupaciones varias– no he tenido tiempo de escribir nada. Y para colmo, cuando por fin encuentro un rato y me decido, van los del Blogger y se caen, así que no me queda más remedio que escribir esta entrada en playback. Muchos perdones y todas esas cosas que se suelen decir.

Esta parte sobre el nuevo disco de Madonna iba a haberla escrito hace días, cuando se filtraron los primeros clips de «Hung Up», pero creo que hasta va a ser mejor que lo haga ahora, cuando el factor novedad ha quedado relegado a un segundo plano. En mi opinión, tanto el single como el álbum van a ser un verdadero éxito, el equivalente madónnico a lo que «Fever» supuso para Kyile, «Believe» para Cher y «Naturaleza Muerta» para Fangoria. Que pueda gustarme más que sus anteriores discos o no ya es otro cantar. Al menos por el momento, lo que he escuchado no me ha decepcionado nada. Esperaba un disco repleto de letras simplonas y melodías pegadizas, y Madonna me lo está dando. Tras el tremendo batacazo comercial de «American Life», del que siempre he dicho que no es ni tan malo como se hace creer ni tan bueno como dicen todos esos talifanes sin criterio, era lógico que Madonna comprometiese su integridad artística, como le gusta decir, para hacer el disco que todo el mundo estaba esperando de ella. Ante todo, lo que estoy deseando es verla bailar con el brazo roto, tiene que ser lo más. Personalmente, ya no puedo quitarme la melodía del estribillo de la cabeza, así que al menos en mi caso su estrategia ha funcionado a la perfección.



La imagen que podéis ver aquí arriba corresponde al supuesto logo de «Confessions on a Dancefloor», descubierto tras verla llevando una carpeta con fotografías del disco a la salida de un gimnasio –¿no se suponía que no podía hacer ejercicio físico?–. No me desagrada, pero es demasiado Kylie para mi gusto, tan rosa, tan disco y tan poco Madonna.

Frases del fin de semana:

1. Esos dientes son falsos, son peluca –por cortesía de mi amiga Pippin–.
2. Vamos a presentarnos el año que viene a la Madrid Fashion Week con nuestra nueva marca, Putrefashion. Hay que tener visión de futuro, Juan –por cortesía de mi amiga Beleg–.
3. Hay mucha energía, Jose –psicofonía de un fantasma en un documental de Giménez del Oso–.

05 septiembre 2005

Does this mean we're engaged?

Me encanta la mesilla de debate que se ha creado espontáneamente en el post anterior. Mis lectores aumentan día tras día, y eso me hace muchísima ilusión porque significa que ahora yo también podré leer un puñado de blogs interesantes que a lo mejor de otro modo nunca habría podido descubrir. Sobre todo, lo que me gusta es poder sacar cualquier tema y que haya gente que sepa de qué estoy hablando, que ya estaba harto de sentirme un bicho raro, como escribí en mi primera entrada. En fin, que así da gusto escribir.

Ya casi he terminado de leer «Yo Soy Fulana de Tal», una novela de Álvaro de Laiglesia que encontré entre un montón de libros viejos de mi madre. Me fascina saber que ella, con lo que es ahora, leía esta clase de cosas a los diecisiete años. Claro que, tras descubrir que también tenía el «Patty Diphusa» de Almodóvar, ya nada me sorprende. El libro en sí no es gran cosa, pero cuando vi la portada, con Conchita Velasco medio en pelotas y un pelucón rubio graciosísimo, supe que estaba esperando a ser desempolvado por mí. Lo que más me sorprendió de todo fue darme cuenta de que podía haberlo escrito yo perfectísimamente. Y es que Fulana, la protagonista de la novela, es calcada a un personaje que creé hace años: María del Cutter. Bueno, calcada si nos olvidamos de que María del Cutter, además de puta, era también vampira y trabajaba en un burdel llamado La Paella bajo las órdenes de la simpar Madame Mejillón. En fin, que aunque no sea ninguna obra maestra, a mí me está gustando y tiene un montón de frases memorables que a lo mejor un día de estos junto para poder colgarlas aquí.

Otro libro que me estoy leyendo ahora mismo –de hecho, está sobre mis rodillas– es «LOOPS: Una historia de la música electrónica», de Javier Blánquez y Omar Morera. Tiene una cantidad de información impresionante, lo cual está muy bien por un lado y me da miedo por otro. Está bien porque me encanta descubrir cosas nuevas y enlazar unos artistas con otros en una misma corriente, aunque luego pase de las etiquetas como el que más, pero me da un poco de miedo porque no me gustaría nada crearme prejuicios musicales. En cierto modo, creo que es mejor no saber demasiado sobre ningún tema, porque luego eso te condiciona a la hora de elegir, y siempre he pensado que, sobre todo en música, es mejor escuchar las cosas sin tenerlas catalogadas de antemano. Ya veremos qué pasa, pero en principio el libro está muy bien. Me alegro de haber hecho caso al chico que lo mencionó en el blog de Supervago.

Y por último, también he visto una película, «Beautiful Thing», que me ha gustado mucho. Me he hecho totalmente fans –mi admiración no puede expresarse en singular– de la talifán de Mama Cass. ¡Qué grande y qué todo! Tengo que repasar su discografía porque hay canciones que me gustan mucho. Por cierto, que el título de la entrada de hoy está sacado de esa película, no estoy pidiendo matrimonio a nadie ni nada por el estilo. Supongo que eso es todo por hoy, qué vida más aburrida. A ver si vuelvo pronto a Bilbao y empieza el movimiento, que estoy de un desganao que no hay quien me mire a la cara. Punto, o como diría María del Cutter, coma. Y es que la coma es como más bonita, menos agresiva... como un punto con las pestañas rizadas.

Se me olvidó añadir que ya tengo mi entrada para el concierto que Adam Green dará en octubre, en el Café Antzokia de Bilbao, con motivo del Wintercase 2005. La etapa de no asistir a conciertos por no tener acompañantes ha terminado, ¡anda que no!

03 septiembre 2005

Madonna / David Lynch



Primero fue «A Pero B», más tarde vinieron «Cabeza Negra» y «No Comment». En estos momentos, mi favorita es «Alexei Nemov/50 Cent». Me gusta tanto la letra que he decidido escribir mi propia versión con las dos primeras personas que me han venido a la cabeza:

Esta noche a las diez / Viene Madonna a hacer el té / Después de abandonar / A sus hijos con la familia Berg / Y yo sólo llevaré / Un abrigo de Gaultier / Sobre un caro sostén / Dorado como su ambición / Sex Book, Hollywood, Into the Groove, Blond Ambition Tour / Esta noche a las diez / Con David Lynch conversaré / Después de acariciar / Las cortinas rojas de mi salón / Y yo sólo llevaré / Un baratísimo albornoz / De terciopelo azul / Que Isabella no me quiso vender
Sobra decir que, al contrario que las Feria, yo no siento ningún tipo de atracción sexual por los protagonistas de mi letra –y tampoco por los de la suya, que tienen demasiado músculo–. Madonna me da un poco de morbo, pero nada más. Voy a continuar leyendo «Loops» y «Yo Soy Fulana de Tal», que esta noche no salgo. Ains.

02 septiembre 2005

Catástrofes

Se ha muerto la perra de unos vecinos, Kixka, porque a algún desaprensivo se le ocurrió la inteligentísima idea de echar matarratas en el jardín, sin ningún tipo de autorización del administrador ni nada. No sé quiénes son los dueños, tampoco conozco al tío del matarratas, ni siquiera sé si alguna vez he visto a Kixka –aunque estoy convencido de que la he oído ladrar–, pero anoche soñé con todos ellos. Lo que pasa es que en mis sueños las cosas suelen ser bastante especiales, así que Tamara era la dueña de Kixka y Marta Sánchez la loca del matarratas. Un dato muy curioso es que la perra no estaba muerta del todo, porque ladraba, se movía y gruñía mucho para ser un cadáver. De hecho, fue gracias a sus gruñidos de ultratumba que descubrieron que la asesina de la perra era Marta y no yo, como en un principio pensaron los vecinos.

Ambas divas se enzarzaron en una impresionante batalla verbal, pero la sangre nunca llegó al río. Recuerdo perfectamente a Kixka –que en mi sueño era un caniche blanco–, mordiéndole las pantorrillas a la Sánchez mientras Tamara intentaba contenerla tirando de la correa, aunque se veía claramente que disfrutaba mucho con todo el asunto. Como suele pasarme, este sueño se difuminó y terminó convirtiéndose en algo mucho más aburrido que no procede nada contar aquí. A todo esto, yo permanecí siempre del lado de Tamara, que confió en mi inocencia desde el primer momento. Creo que la aparición de Marta Sánchez en mi sueño se debe a unas fotos suyas que vi la noche anterior en un Nuevo Vale que se dejaron las antiguas inquilinas de mi piso en Bilbao. Salía con rulos en un aeropuerto, y todo el mundo sabe que decir «rulos» es casi lo mismo que decir «vecina». Al menos, ésa es la única conclusión coherente que he podido sacar de todo esto.

Tenía pensado hablar del mal rato que he pasado viendo las imágenes del huracán de Nueva Orleans esta mañana, con todos esos cientos de enfermos desesperados –uno de mis mayores miedos es tener una enfermedad crónica y quedarme sin la posibilidad de conseguir medicinas en medio de una catástrofe–, pero me da tan mal rollo que no me apetece nada. A cambio, voy a quejarme de la inutilidad de los digipacks. Superficial que es uno. Con todo el plástico agrietado y las pestañas que sujetan el CD esparcidas por el suelo me he encontrado el disco de Róisín Murphy esta mañana. No hay Djos que lo pueda arreglar y, obviamente, no puedo cambiarle la caja porque es exclusivísima y no se puede hacer nada. A partir de ahora, decidiré qué discos compro según el formato en el que sean editados, así me ahorraré unos cuantos disgustos.